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MontajeEsta semana he visto a una paciente que dejó de tomar anticonceptivos orales hace dos meses escasos. Le he preguntado que como se encuentra y me contesta:

“Mejor que nunca. He notado muchos cambios desde que dejé de tomar la píldora, pero no sé si son mis paranoias o realmente tienen relación. Ahora me siento más alegre cuando estoy alegre, también más triste cuando estoy triste, como si antes fuese todo más uniforme; cuando disfruto, ¡disfruto! También han desaparecido las náuseas de muchos días, y he tenido menos migrañas y las he podido tratar y aliviar más rápido.”

Esta persona empezó a tomar anticonceptivos hormonales siendo adolescente, muy presionada por su entorno familiar pues una compañera de la misma edad se había quedado embarazada. Había pasado poco menos de diez años tomándolos sin interrupción, hasta que ahora ya adulta, cansada de tomar pastillas, ha decidido buscar una alternativa.

Su sorpresa es sentirse, pues no tiene recuerdo de cómo se puede sentir como mujer sin estar influenciada por el tratamiento hormonal, y se cuestiona si es real porque ningún profesional de la planificación familiar le había dado valor ni explicación a sus sensaciones, y todavía no se han popularizado mucho los descubrimientos de neurociencias y neurobiología que demuestran que nuestras hormonas en general tienen acciones específicas sobre nuestro sistema nervioso central influyendo en el funcionamiento de nuestra mente, en cómo nos sentimos y en lo que decidimos.

Lo que se nos han transmitido socialmente y desde el ámbito de las consultas médicas es que tomar anticonceptivos nos da a las mujeres libertad sexual y libertad personal para la realización profesional, pudiendo decidir cuándo tener hijos, a cambio de un pequeño riesgo para la salud.

Sin embargo, ni en las consultas ni en el prospecto de los anticonceptivos hormonales dan informaciones objetivas suficientes para que cada persona pueda tomar una decisión responsable, como que:

  • Las hormonas sintetizadas y utilizadas en los medicamentos, incluso aquellas que estructuralmente son “exactamente iguales” que las hormonas producidas naturalmente en el organismo, nunca reproducen exactamente los múltiples efectos que cada hormona tiene en nuestro organismo, produciendo pequeños cambios en él por defecto o por exceso en múltiples aspectos como pueden ser las nauseas, y que pueden acumularse cuanto más prolongados son los tiempos de tratamiento.
  • En la mujer el deseo sexual y la respuesta a la excitación aumentan en parte con la elevación de los estrógenos en los primeros días después de la regla, y con la elevación de la testosterona producida en el ovario en el entorno de la ovulación. Por ello un porcentaje significativo de mujeres aprecian disminución de su deseo y/o su respuesta sexual con los tratamientos hormonales, y algunas deciden abandonarlos por este motivo cuando consiguen descubrir que no tienen un problema con su deseo sino un efecto secundario.
  • El estado de ánimo, las necesidades y las prioridades de la mujer varían con las fluctuaciones hormonales de cada ciclo, al compás de los sucesivos objetivos fisiológicos que son conseguir relaciones sexuales para la fecundación en el entorno de la ovulación y a continuación favorecer la implantación y la tolerancia para el nuevo ser si se produce el embarazo. Los tratamientos hormonales son uniformes y anulan estas variaciones.
  • Con respecto a la fertilidad siempre se ha dicho que los tratamientos anticonceptivos no influyen en ella, e incluso en ciertos casos se han considerado beneficiosos porque teóricamente pueden preservar la reserva de óvulos al impedir la ovulación. Pero hay algunas dudas razonables respecto a este planteamiento: si sabemos que la fertilidad comienza con la aparición de los ciclos y las reglas, madura y mejora a lo largo de los años hasta alcanzar su máxima capacidad hacia los 22-24 años, ¿darle a jovencitas de 16 años un tratamiento que interfiere su funcionamiento cíclico no altera este proceso de maduración de su fertilidad? Y si sabemos que en los ovarios hay permanentemente folículos intentando madurar (aunque no consigan una ovulación) y consumiéndose, ¿realmente el tratamiento hormonal anticonceptivo está preservando nuestra reserva ovárica?
  • El riesgo para la salud más popularizado es el vascular, y se habla de la pesadez de piernas, de la aparición de varices, y no tanto aunque también de la posibilidad de trombosis y embolias. Lo cierto es que el tratamiento hormonal no va a producir varices, pero puede favorecerlas en aquellas personas que por su genética y/o su estilo de vida son más propensas a tenerlas, e igualmente con respecto a los accidentes tromboembólicos. Por esto es muy importante conocer la historia personal y los antecedentes familiares de cada mujer a la hora de elegir tratamiento anticonceptivo.
  • Del riesgo de cáncer asociado a los tratamientos hormonales se habló mucho hace más de una década en relación a los tratamientos empleados con las mujeres en menopausia, y se recomendó no utilizarlos de manera sistemática sino sólo cuando el beneficio esperado compensase el riesgo. Pero en relación a los tratamientos anticonceptivos a penas se menciona este riesgo desde los profesionales de la salud y se desvaloriza en el prospecto del medicamento. Sin embargo hoy sabemos con seguridad que los niveles elevados de estrógenos en la mujer tienen efecto inhibidor sobre los linfocitos NK que son los encargados de destruir células alteradas en el organismo y por lo tanto evitar su proliferación y el cáncer.

Con toda esta información no quiero desvalorizar los tratamientos hormonales anticonceptivos, pues son una herramienta muy útil para muchas mujeres en algún intervalo de su vida. Solo quiero animaros a tomar decisiones responsables, atendiendo a las indicaciones de vuestro cuerpo y respetando en la medida de lo posible los ritmos naturales, para que podáis disfrutar de cada uno de los días de vuestra vida con sus alegrías y sus tristezas.

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