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Una experiencia. Buscan intimidad y la capacidad de ser sólo ellos quienes controlan el momento más importante de su vida lejos de la frialdad que impone un hospital. Dos parejas cuentan la experiencia de tener a sus hijos en casa. Un parto sin epidural, sin goteros y sin antibióticos, pero con la serenidad que marca un hogar. Noa vino al mundo en una habitación con velitas, música clásica y aroma a incienso. Lejos de batas blancas, goteros y olor a quirófano. Sus padres, Vero y Joan, decidieron meses antes que su primera hija vendría al mundo en casa. Aunque en países del norte de Europa es una opción cada día más frecuente, en España el parto domiciliario todavía es minoritario. En Alicante, entre cuatro y seis parejas tienen cada año a sus hijos en casa de manera voluntaria. “El problema es que la mayoría de los padres desconocen que es una opción posible y segura”, explica la ginecóloga Alicia Fontanillo, miembro del grupo Educer, formado por profesionales de la provincia de Alicante y especializado en acompañamiento en partos y crianzas. A lo largo de su trayectoria, Educer a asistido a más de cien partos domiciliarios.
La intimidad es, quizás, la palabra que más repiten parejas como Vero y Joan, quienes tuvieron a Noa a mediados del pasado mes de abril sin revelar en ningún momento a familiares y amigos que no sería en el hospital donde conocerían a esta preciosa niña de pelo negro. “Queríamos un parto en el que se respetaran nuestras decisiones. En el que no nos metieran en un círculo en el que todo el mundo decide por ti y actúa de una determinada manera sin que tú realmente sepas si todo lo que te hacen es necesario o viene marcado, por ejemplo, por los protocolos o las prisas del médico”, explica Vero.
Por eso, el día que esta madre primeriza se puso de parto las carreras al hospital fueron sustituidas por los preparativos para recibir en casa a Noa, tal y como le habían enseñado en las clases de preparación al parto en Educer. Alicia les acompañó en el parto, junto a Esther Velasco, pedagoga de Educer. “La velas, el incienso, la música… todo contribuye a crear una atmósfera relajada mientras dilatas”, explica Vero. Las propias endorfinas que el cuerpo genera en este estado de relajación sustituyen a la epidural, ya que los partos en casa se hacen sin ningún tipo de anestesia. “Los dolores se hacen más llevaderos dando pequeños paseos, utilizando pelotas de pilates o con baños de agua caliente”. En todo este proceso, Alicia y Esther intervinieron sólo en los momentos necesarios, ya que en la mayor parte del tiempo la pareja estuvo sola en una habitación. Finalmente vino Noa al mundo sin ningún problema, “sólo con el cansancio lógico de horas de parto”, señala Vero.
Como padre, Joan también tenía sus motivos para decantarse por esta opción. “En un parto hospitalario el padre es como si no existiera. El médico te dice que te coloques aquí o allá y en ningún momento eres partícipe de lo que pasa. Con el nacimiento de Noa me sentí valorado y Alicia y Esther me dieron la confianza suficiente para estar tranquilo y ocuparme en todo momento de mi mujer. Fue un engranaje perfecto entre los cuatro”. Y es que la confianza “entre los padres y las personas que asistimos el parto es esencial para que éste llegue a buen término”, dice Esther Velasco.
Sin embargo, preparar el nacimiento de un niño en casa no siempre es sinónimo de que éste vaya a terminar en el domicilio. “Nunca nos tiramos a la piscina y nos emperramos en que el parto salga como sea. Los aspectos médicos deben estar controlados en todo momento y si detectamos algún problema nos vamos al hospital. También puede ser que la madre entre en crisis y ya no se sienta segura en su casa”.
Xesca y Simone saben bien lo que es terminar un parto en el hospital. Esta pareja también se preparó para parir en casa a su primer hijo, Quim porque Xesca tenía muy clara esta opción “desde que era muy joven”. Sin embargo, Quim no venía en la posición correcta, por lo que el nacimiento tuvo que terminar en el hospital. Una circunstancia que, lejos de desanimar a la pareja, les dio mayor seguridad en que su segundo hijo nacería en casa. “En el hospital nadie hacía caso a lo que preguntaba, me pinchaban y me daban antibióticos sin explicarme qué me hacían. Los médicos y enfermeras entraban en la habitación sin dar más explicaciones y encima tenías que escuchar a cada momento comentarios como “vaya, tú eres la que ha querido parir en casa””.
Su segunda hija, Gaia, nació en casa, pocas semanas después de que sus padres se hubieran trasladado a Alicante, también asistida por Alicia y Esther. “Fue un parto muy rápido y a las dos horas yo ya me estaba duchando sola”, asegura Xesca. Para esta pareja “esta es una forma natural de parir, en la que se respetan tus tiempos y eres tú el que controla los momentos. Además, tú eres el que decide quién quieres que esté presente en un momento tan importante”. [Leer artículo en su fuente original…]